
La Escuela de Porteros B&J, nacida en 2022 en Villafranca de los Barros, ha creado un pequeño refugio para una posición solitaria, exigente y muchas veces incomprendida
El viento sopla con ganas en el José Carrillo de Villafranca de los Barros. Levanta el caucho del césped artificial, enfría las manos y obliga a entornar los ojos. No parece la tarde más amable para entrenar dos horas bajo palos. Pero allí están. Unos lanzan, otros corrigen, otros se tiran al césped con naturalidad de oficio aprendido. Son los porteros de tecnificación, el grupo más avanzado de la Escuela de Porteros B&J, un proyecto que ha encontrado en Villafranca algo más que un campo: ha encontrado una casa.
Porque un portero casi nunca se entrena solo por parar. Se entrena para resistir. Para decidir. Para encajar un error sin romperse. Para volver a ponerse de pie cuando todo el mundo ha visto el fallo.
Ahí entra esta escuela, fundada por Juanma Ortiz y Burgui, que con 45 años sigue defendiendo la portería del Zafra en Primera Extremeña. Dos nombres que decidieron convertir una idea en algo mucho más serio. “Surgió la idea en la puerta del colegio de mi socio”, cuenta Juanma. “Le comenté: Burgui, ¿por qué no montamos una escuela de porteros? Tú tienes la titulación de portero, veintitantos años de portero que llevas, yo tengo una experiencia muy grande ya de escuela, dos másteres que tengo sacados… no sabíamos si iba a funcionar o no”.

Funcionó. Empezaron con cuatro chavales. Ahora rondan los 23 o 24. “Ha crecido mucho. Estamos hablando de tres años y medio”, resume. Desde su nacimiento en 2022, la escuela se ha convertido en una referencia para chicos de Villafranca y de otros puntos de la zona. Llegan desde Almendralejo, Fuente de Cantos, Hornachos, Bienvenida o alrededores, atraídos por algo que va más allá del entrenamiento clásico.
La portería no es un castigo, es un oficio
Juanma lo explica con una idea que repite varias veces, como quien quiere dejar una semilla bien plantada: “Nuestra metodología va basada en la situación real de partido”. No buscan un portero de foto, ni un entrenamiento de fuegos artificiales. “Nosotros no trabajamos a porteros en la portería que son robots, que ya saben para dónde va el balón”, dice. “Hacemos situación real de partido para que cuando un portero esté de cara en un partido, mentalmente sepa lo que tiene que hacer”.

Esa frase explica mucho. En B&J no se trata solo de blocar o despejar. Se trata de entender el juego, de leer los espacios, de hablar, de colocarse, de usar los pies y de no derrumbarse cuando el partido sale torcido. “Estamos trabajando mucho la mente”, insiste Juanma. “Los porteros, cuando vienen de un fin de semana malo, vienen mentalmente mal. Entonces tenemos que saber trabajarlo para que no abandonen el puesto, porque es una posición que cualquier fallo que tenga se nota mucho”.
Lo dice sin dramatismo, pero con una verdad que cualquiera que haya sido portero reconoce al instante. Bajo palos, el error hace más ruido.
Por eso aquí se habla tanto como se para. “Los martes son días que me junto con ellos y cada uno me cuenta una película: hoy he estado en el banquillo, me han sacado, pensaba que iba a jugar… Para eso estamos nosotros”, explica. “Les digo que hay que trabajar más todavía. No vale decir: como voy a estar en el banquillo, ¿para qué voy a entrenar?”.
Más juego de pies, menos portero de escaparate
Si algo define el método de la escuela es su mirada moderna de la posición. El portero ya no vive solo en la línea de gol. Hoy participa, corrige, inicia y sostiene. “El portero hoy día es más jugador que portero”, resume Juanma. Por eso, en sus sesiones, el juego de pies es sagrado. “30 minutos, 35 minutos de juego de pie, eso se hace obligatorio sí o sí”.

Luego llegan otros contenidos. Uno contra uno, juego aéreo, reducción de ángulo, bisectriz, lectura de acciones vistas en partidos reales. Nada aparece por capricho. Todo parte de situaciones reconocibles. “Yo todas las situaciones reales de partido que se hacen, las veo en los partidos”, cuenta. “Las veo en un partido, el portero del Espanyol ha hecho un par de intervenciones, y luego las amoldo a mi manera de trabajar”.
Ese modelo cala en los chavales. Samuel Trabado, uno de los porteros de la escuela, lo explica sin rodeos: “Lo que más he aprendido, sobre todo, es la colocación”. Y recuerda el impacto de sus primeros días. “Me cogió un día y me dio para el pelo con la zona. Me dice: zona uno. Y digo: ¿y eso qué es?”. Ahora lo cuenta entre risas, pero también con la sensación de haber encontrado algo importante. “La evolución que he tenido … sobre todo colocarme, hablar, juego de pie, la técnica… algunas técnicas no las sabes hacer y llegas aquí y te las enseñan bien”.
Samuel lo tuvo claro desde pequeño. “Mi padre me dice: tú tienes que ser jugador, delantero, tienes que meter goles. Y yo le digo: no, yo la portería”. A veces esa vocación parece una rareza hermosa. “Siempre me han dicho que estoy más loco de la cuenta, y siempre he estado bajo la portería”.
Un refugio para una posición solitaria
La portería tiene algo de isla. Solo juega uno. A veces entrenas bien y no te toca. A veces el partido te castiga en una sola jugada. A veces nadie entiende del todo lo que te pasa por dentro.
Por eso la escuela funciona también como refugio. No solo enseña. Acompaña.
Juan Manuel Ortiz, portero del División de Honor infantil del Zafra e hijo de uno de los socios de B&J, pone palabras muy claras a esa sensación: “Lo que me gusta del método de la Escuela de Porteros es que es muy realista todo. No es nada analítico. Aquí se trabaja también el realismo en los partidos”. Y añade otra idea reveladora: “Cuando tú estás en el partido, te acuerdas bastante de lo que te dice el entrenador aquí. Se te queda muy bien en la cabeza y ya lo asimilas de tal manera que se te hace automáticamente”.

A él ya le ha pasado. “Hace dos semanas, contra el Diocesano, entrenamos una salida aérea en distintas zonas del área y en ese partido me salió automático”.
Ese “automático” es uno de los grandes éxitos invisibles de cualquier formador. La repetición bien hecha. La confianza que aparece sin pedir permiso. La decisión correcta cuando ya no hay tiempo para pensar.
También Félix Acedo, que juega en el Fornacense en Segunda División Extremeña, valora esa especialización que muchas veces falta en clubes modestos. “Cada vez que he venido aquí he aprendido bastante”. Y cuando le preguntan qué es lo que más le gusta, lo tiene claro: “Juego con el pie, me gusta mucho, y el posicionamiento en el campo también”. Sonríe y remata con una frase que resume el fútbol moderno: “La verdad es que juego más con los pies que con las manos”.
Una escuela pequeña con alma grande
En B&J no viven de esto. Lo dice Juanma con total naturalidad. “Yo tengo mi trabajo, Burgui tiene su trabajo también, pero la verdad es que esto nos gusta mucho. A mí me apasiona el tema este”. Quizá ahí esté una de las claves del proyecto. Hay conocimiento, sí. Hay formación. Pero también hay una forma de cuidar al chico que se nota enseguida.
“Nos implicamos mucho con los chavales”, repite. Y se le cree.
La relación con las familias, cuenta, es buena. “Los padres se sientan en el banquillo, se ponen a mirar los entrenamientos y se quedan con la boca abierta, porque ven entrenamientos de mucha calidad”. También el boca a boca ha hecho su trabajo. “El boca a boca es la publicidad más grande que hay ahora mismo”, dice. Muchas incorporaciones llegan por redes, otras por recomendaciones. La escuela tiene sus plazas casi completas y no siempre puede absorber a más gente, porque aquí el detalle importa y los grupos deben estar bien equilibrados.

Además, siguen moviéndose en periodos especiales. Clínics en Navidad, trabajo de dominio de balón, actividades en verano, apoyo del ayuntamiento con instalaciones y hasta piscina o arenero para completar experiencias. Todo suma en un proyecto que ha ido creciendo sin perder su esencia. Ese crecimiento ya tiene también reflejo competitivo y escaparate, con varios porteros de la escuela convocados por canteras profesionales como las del Sevilla o el Cádiz para realizar pruebas.
Bajo el viento del José Carrillo, mientras unos porteros vuelan y otros corrigen la posición antes de una salida, la escena deja una impresión sencilla y poderosa. Aquí no solo se entrena a parar. Aquí se enseña a sostenerse.
Aguantar la soledad del puesto. Aprender a convivir con el error. Mandar en el área sin pedir permiso. Y entender que ser portero no consiste solo en evitar goles. A veces también consiste en encontrarse a uno mismo.

